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El yihaidismo como mitología

El yihaidismo como mitología

Toda generación desea su propia mitología. La última que tuvo lugar en occidente fue el mayo del 68, cuyos ecos a nivel local llegaron a la España de la transición. Las mitologías activan el pulso de una generación y quizá eso es lo que pretenden hoy esos grupos de jóvenes marginados franceses que retan al estado quemando coches y sembrando el temor en la población: Desean activar el pulso de su generación. Esos jóvenes, desamparados en cuanto a ideología, buscan tener algo más que un plato de comida en la mesa, desean unas señas de identidad, un gran relato que puedan contar a sus hijos. Hoy la única gran mitología internacional en marcha es el yihaidismo.

Este no tiene a occidente como protagonista sino sólo como actor secundario, algo más o menos novedoso hablando de mitologías. El yihaidismo, como toda mitología generacional que se precie de serlo, provoca reacciones ante el grupo contra el que se revuelve. Occidente, nos guste o no, está encerrado hoy en un rol defensivo. Las ofensivas de los halcones occidentales tras el 11 de septiembre de 2001 tienen su punto flaco precisamente en que no son tal, son un movimiento defensivo. La defensa de una gran bestia contra un enjambre de abejas que no cesan de clavar sus aguijones en el lomo del gran animal.

El yihadismo, que ayer tomó un giro histórico con la victoria del grupo religioso Hamas en las elecciones Palestinas (poniendo fin a una hegemonía, que duraba décadas, de las fuerzas laicas de Al Fatah), surgió en gran medida por un descontento generacional en la rica Arabia Saudí. Ese descontento nada tiene que ver con las necesidades materiales que en occidente animaron a las distintas mitologías surgidas del socialismo. El yihaidismo es fruto de una generación de saudíes amparados por un modelo de vida que es posible gracias a las importantes rentas del petroleo. Hay que entender que los dolares del petroleo cubrieron y cubren holgadamente las necesidades de los saudíes. Cuando Ben Laden ofrece sus tropas yihaidistas al Rey Fath a comienzos de los años 90 para defender el país tras la invasión de Kwait por las tropas “socialistas” iraquíes no está haciendo ni más ni menos que intentar emular a las generaciones anteriores de saudíes: Las guerreras tribus del desierto de Arabia.

Estas pusieron en marcha el estado saudí ayudadas por el “milagro” del oro negro que se oculta bajo las arenas del desierto de Arabia. Esas tribus levantaron un estado orgulloso y desde entonces el territorio donde se encuentra el centro espiritual del islam, la Meca, volvió a encontrarse, tras siglos de decadencia, en una posición de fuerza frente a “los cruzados”; algo que quedó potente en la crisis del petroleo de 1973 tras la guerra del Yom Kippur. Hay que entender por una parte que los hijos de aquellos que construyeron el estado saudí son una clase educada en el orgullo del islam a la que se les ha encomendado gestionar el legado de sus padres, una labor poco apasionante en un país en el que abundan los licenciados en teología del islam. A ello se suma que Arabia Saudí es en gran medida un oasis de riqueza enmedio de un empobrecido y ultrajado grupo de países que tienen el islam como base cultural. Una situación que provoca un paternalismo algo cínico en los saudíes.

Por ejemplo, estos sobre el papel apoyan la lucha de los palestinos y por otra parte reniegan del histórico carácter laico del movimiento de liberación palestino. No en vano el ofrecimiento del ex saudí Ben Laden al Rey Fath estaba avalado por la lucha que los yihaidistas habían mantenido en un país sumamente pobre como es Afganistan contra los “ateos” soviéticos. Hoy, el yihadismo es la historia del triunfo de una traición. Cuando el Rey Fath rechaza la ayuda de Ben Laden y abraza la ayuda de su principal cliente, Estados Unidos, este se convierte en una suerte de Lope de Aguirre que se desliga de la poderosa corona saudí para seguir su propio camino.

Ben Laden activó una bomba de relojería que se había estado gestando durante décadas de dominio occidental sobre los territorios dominados por el Islam, y que en parte había sido alimentada por la postura pasiva de los padres de la actual Arabia. Una parte importante de la empobrecida juventud musulmana de oriente medio y el mediterráneo estaba a la espera de una señal clara, de un hipotético camino que se erigiese como una meta nítida tras la agonía de los movimientos de liberación árabes y del panarabismo; cuyos últimos iconos, Arafat y Sadam Husseim, han sido barridos del mapa político. Ben Laden el 11 de septiembre de 2001 proporcionó esa meta y es en esa lógica en la que cabe entender el triunfo abrumador de Hamas en las elecciones palestinas, que no es sino el símbolo más nítido hasta la fecha del auge de los movimientos radicales islámicos en todo el mundo musulmán. El yihadismo como mitología no admite medias tintas. El fuego ha alcanzado a la gasoline, el incendio va a más y amenaza con ser incontrolado. Sólo cabe esperar que el combustible comience poco a poco a consumirse. No hay tiempo ya para mirar hacia otro lado.

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